dissabte, 9 de març de 2013

Desde mi balcón


Hola, soy una niña de cinco años, tengo el pelo negro y dos hermanas. Lo que más me gusta es jugar en la calle, ¡me encanta! pero ¿sabéis qué? cuando mis padres trabajan y tengo que quedarme en casa, me gusta estar en mi balcón. Hay chicos que siempre se están paseando por mi calle, a veces van andando, y otras en unos coches enormes que hacen mucho ruido cuando aceleran, y muchas veces tienen prisa, y me despiertan. En frente de mi balcón hay un edificio más alto, y en la azotea siempre miro al señor que vigila. No sé muy bien qué, quizás a niños que desde el otro lado también miran por su balcón. A veces pienso, que sería emocionante poder colarme en ese bloque y saludar a los otros niños desde el asentamiento judío de Hebrón en el que vivo, porque no sé si os lo he contado pero vivo en un sitio raro. 
Niñas palestinas en el balcón de su casa. Asentamiento judío de Hebrón
Aquellos hombres que veo desde mi balcón, visten de la misma forma, todos llevan colgada del hombro una metralleta enorme y visten botas de puntera dura. Además son dueños de una calle que no me dejan cruzar. A mis padres tampoco. Dicen que somos palestinos. ¡Claro que lo somos! Pero sigo sin entenderlo. No comprendo porque nos prohíben el paso a la calles, con lo que a mí me gusta jugar en ellas.



Una niña judía me contó una vez que los palestinos éramos malos, que habíamos matado a muchos israelís. Yo le pregunté que quién le había contado aquello y me explicó que en su territorio dentro del asentamiento, y al que nosotros no tenemos acceso, había citas en la fachadas de los edificios, una de ellas decía que “En 1929, 67 judíos fueron degollados brutalmente por parte de la población árabe”. Yo le dije que mis padres no fueron, y que eso estaba feo, pero no sirvió de mucho.

Soldado israelí en las calles del asentamiento judío en Hebrón


Y hoy, mientras miraba por mi balcón, ha vuelto a pasar lo mismo de siempre, sólo que está vez había más turistas dentro del asentamiento. Eran un grupo de jóvenes, me saludaban sonrientes y me ha gustado responderles. Les he gritado, preguntándoles ¿qué tal?, pero no entienden el árabe. Al poco rato los he perdido de vista y enseguida los palestinos de fuera del asentamiento han comenzado a tirar piedras hacia los que hasta hacía poco, se paseaban por mi calle, aquellos chicos que visten igual y que van armados. Creo que los palestinos se quejan porque quieren echar de aquí a esos señores. Y aunque mi padre me dice que estas cosas no las puedo decir... os cuento un secreto: Yo también quiero que se vayan.
 
Mamá me explicó que tenemos diferentes zonas; la A que controla la Autoridad Nacional Palestina; la B de control político palestino con ejército militar de Israel; y la C de control total de Israel. Nosotros estamos en zona B. Pero ojalá no hubiera letras, ni límites, ni espacios. Ni balas, ni empujones, ni rechazos. Ojalá tuviera la calle entera para jugar yo sola. Ojalá pudiera salir y entrar al asentamiento sin pasar ese control, que pita y no me gusta. Ojalá. Cuando no haya fronteras y aquellos señores nos dejen pasar por las calles que queramos, cogeré mi bicicleta y correré tanto que notaré el viento en mi cara, fuerte, chocando. Y es que ya os he dicho antes, ¡me encanta jugar en la calle!


Piedra en Hebrón a pocos metros del asentamiento israelí


Ivana Navarro 
 

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